Fue la última vez de inocencia, de despreocupación.
Aquí está sentada entre compañeros de escuela. Mira enamorada al muchacho con patillas desmesuradas. El cabello liso y brillante de la niña está peinado hacia atrás; el reflejo del flash de la cámara como un amplio borde blanco y dentado desde la frente hasta donde la noche negra traza la línea de la nuca.
Al otro lado está sentado, con las piernas abiertas, un chico con orejas prominentes encendiendo un cigarrillo. Otro muchacho está de pie frente al grueso muro del muelle, inclinado hacia abajo: con ojos gigantescamente abiertosmira directamente a la cámara, un cigarrillo encendido en la mano derecha, el pulgar de la izquierda enganchado en el cinturón del pantalón.
¿Detrás o delante de ellos?: la playa de El Médano, 1972. Una excursión escolar de una clase del Colegio Alemán de Santa Cruz de Tenerife. De ellos irradia una despreocupación juvenil.
La foto transmite la familiaridad de compañeros de escuela que aún tienen la vida por delante. El fotógrafo y los cuatro jóvenes procedían todos de un entorno privilegiado. ¿Qué chico de catorce años tenía en aquellos tiempos una cámara fotográfica con flash?
La mayoría de los niños de aquella clase vivía en una villa con piscina. Iban al Club Náutico. Allí sus padres se reunían para hacer contactos, para cerrar —o no— negocios turbios. Tratos comerciales en los que funcionarios de alto rango podían sentarse a la mesa, siempre que concedieran permisos o hicieran la vista gorda cuando en algún lugar se construía de forma clandestina. Los niños no sabían nada de eso. Ellos disfrutaban de piscinas, excursiones y de la compañía mutua.
Aquella pareja enamorada se veía con un futuro juntos: ella, una muchacha alegre y un tanto salvaje; él, tranquilo, la serenidad personificada.
Un año después, esa chica ha pasado por un estirón. Una niña se ha convertido en una mujer joven. Ya no se interesa por chicos de su edad; los muchachos tres años mayores le resultan ahora más interesantes.
El joven del que estaba claramente enamorada se ha cambiado entretanto al instituto español; sus padres quieren que ingrese lo antes posible en la Universidad de La Laguna. Esperar hasta obtener el Realschulabschluss supondría el riesgo de tener que repetir curso. Él desaparece de escena.
A los dieciocho años, ella continúa su formación en el Colegio Alemán de Bilbao. A los diecinueve vuelve a vivir con su madre en Tenerife.
Ella termina la enseñanza secundaria en un instituto español y después comienza a estudiar Psicología en la Universidad de La Laguna. Con algunos compañeros de carrera va a un bar de estudiantes. Un grupo de universitarios bebe mojito tras mojito. Con curiosidad observa a los hombres que no logran ponerse de acuerdo sobre alguna fórmula matemática.
¿Qué estarán estudiando esos nerds? piensa ella.
Vuelve a escuchar la conversación de su propio grupo sobre el origen de un trastorno disociativo. De pronto siente un aliento cálido en la nuca y mira hacia un lado: ahí está él, ya no es un chiquillo, sino un hombre. Ella se ruboriza.
Se marchan juntos y se ponen al día. Terminan sus estudios, deciden que no quieren tener hijos y que van a disfrutar de la vida juntos. Se instalan en una vivienda tipo dúplex. Ambos consiguen trabajos con mucha libertad. Van a menudo a la playa. Viajan mucho.
Todo eso habría sido posible, de no ser porque ella ya no quería volver a vivir con su madre. Se fue a Hamburgo. Solo durante las vacaciones vuelve a visitar a su madre.
Todo lo demás que estaba en Tenerife pasa a formar cada vez más parte de un pasado gris; se diluye, en algún lugar profundo de la zona abstracta de su cerebro. Tiene su carrera, estudia y se casa. Al cumplir cincuenta años quiere recuperar su libertad y pone punto final a su matrimonio.
Sueña con el romanticismo y se marcha a París. Oleadas de turistas pasan huyendo a su lado. No la ven. Todos miran fijamente un plano desplegado o una guía de viajes abierta. Poco queda del romanticismo.
Finalmente decide entrar en el artístico Les Deux Magots. Está abarrotado. Aquí parece que todo el mundo se conoce.
Una excepción es un hombre alto y esbelto, con el cabello disperso alrededor de la cabeza, hasta la nuca y sobre los párpados. Ante él está un pastis con un vaso de agua sobre una pequeña mesa cuadrada de mármol. Inclinado hacia delante escribe en un cuaderno.
Con su copa de vino blanco ella se acerca a su mesa. Él levanta la vista con curiosidad con sus ojos marrones, enmarcados por largas pestañas negras.
Ante su pregunta de si puede sentarse con él, se pone de pie con un gesto cortés y saca una silla desde debajo de la mesa.
Se sientan. Se observan con atención. Se cuentan por qué están en París y a qué se dedican. En inglés.
Como si hubiera sido acordado, cambian de repente al español. Reconocen el acento canario. Cuentan de dónde les viene, que asistieron al Colegio Alemán. Con pudor se dicen quiénes son. Y que una vez estuvieron enamorados el uno del otro.
Podría haber sido así, esta forma de casualidad. Pero ocurrió de otro modo.
Ella regresa a Tenerife porque su madre quiere hablar con ella sobre la veracidad de su libro Het juk van de schijn, El yugo de la apariencia. Llama a antiguos compañeros de clase, a sus amigas de la juventud. No la habían olvidado. Se alegran de oír su voz. La cordialidad es inesperada.
No está acostumbrada a que la gente se interese por ella por quien es. ¿Quién es ella? ¿En quién se ha convertido? No lo sabe, pero ahora queda con sus amigas. Vuelve a ser la chica de quince años.
Las amigas ya están sentadas bajo los árboles, en la terraza de Strasse Park, un bar acogedor en pleno parque García Sanabria, cuando ella llega. Le costó un poco encontrarlo; hacía ya tanto tiempo que paseaba por aquí con amigos, hablando, quejándose de los profesores y reírse.
Una vida que parecía extinguida desde hacía mucho, pero que ahora, aun así, ha regresado.
Se sienta con las mujeres de mediana edad. Algunas han engordado un poco, pero en todas irradia la alegría de vivir. Aunque su vida haya continuado en otros países, vuelve a sentirse completamente a gusto.
Pide una copa de vino blanco. De pronto, una de las mujeres empieza a llamar en voz alta a un hombre canoso que empuja un cochecito de bebé, gesticulando con entusiasmo para que se acerque al grupo. Las mujeres le preguntan cómo está.
Está bien; ha salido a dar un paseo con su nieto. Con orgullo les muestra al pequeño. Él la mira con curiosidad.
Se reconocen, pero no dicen nada. En silencio surge esa chispa de afecto que nunca llegó a prender.
Él se despide y se aleja de nuevo con paso lento, como una aparición suave de la vida de ella.
Pero tampoco esta posibilidad de volver a verse llegó a producirse hasta el día de hoy. No: los antiguos compañeros se habían buscado unos a otros de todas las maneras posibles. A ella la habían encontrado a través de Facebook.
Le hizo bien no haber sido olvidada, saber que aún pertenecía a algún lugar. Casi toda la clase había sido localizada. Dos habían fallecido. También el muchacho que estaba delante en la foto.
Es admirable lo entusiasmados que estaban todos por haberse reencontrado. La pareja masculina de aquella chica enamorada ya no quiere formar parte de ello. Para él, pertenece al pasado. Tal vez. Ella no lo sabe.
¿Cómo está? Eso tampoco lo sabe. Solo sabe lo que otros estuvieron dispuestos a contar sobre sí mismos. De algunos ha llegado a saber mucho.
Solo allí donde los intereses y las actitudes ante la vida coinciden y se tocan, puede surgir una conexión.
El recuerdo del muchacho del que se enamoró a los quince años lo ha guardado muy adentro en su alma: como una joya preciosa, una piedra cálida que sigue brillando y la abriga durante las ráfagas frías de la vida.
Schulausflug
Es war das letzte Mal der Unschuld, des Unbefangenseins.
Hier sitzt sie zwischen ihren Schulkameraden. Sie blickt verliebt zu dem Jungen mit den ausladenden Koteletten auf. Ihr glänzendes, glattes Haar ist nach hinten gekämmt; die Reflexion des Kamerablitzes zieht sich wie ein breiter weißer Zackenrand von ihrer Stirn bis dorthin, wo die schwarze Nacht die Linie ihres Hinterkopfes zieht
Auf der anderen Seite sitzt, breitbeinig, ein Junge mit abstehenden Ohren und zündet sich eine Zigarette an. Ein weiterer Junge steht vor der dicken, abschüssigen Kaimauer: mit weit aufgerissenen Augen blickt er direkt in die Kamera, eine brennende Zigarette in der rechten Hand, den Daumen der linken Hand im Hosenbund.
Dahinter oder davor: der Strand von El Médano, 1972. Ein Schulausflug einer Klasse der Deutschen Schule von Santa Cruz de Tenerife. Ihre jugendliche Unbekümmertheit strahlt von dem Bild. Das Foto vermittelt die Vertrautheit von Schulkameraden, die das Leben noch vor sich haben.
Der Fotograf und die vier Jugendlichen stammten allesamt aus privilegierten Verhältnissen. Welcher vierzehnjährige Junge hatte damals schon eine Kamera mit Blitz? Die meisten Kinder dieser Klasse wohnten in einer Villa mit Swimmingpool. Sie gingen in den Club Náutico. Dort trafen sich ihre Eltern, um zu netzwerken, um mehr oder weniger dubiose Geschäfte abzuschließen. Geschäfte, bei denen ranghohe Beamte mit am Tisch saßen, solange sie Genehmigungen erteilten oder ein Auge zudrückten, wenn irgendwo illegal gebaut wurde.
Die Kinder wussten davon nichts. Sie genossen die Schwimmbäder, die Ausflüge und einander. Dieses verliebte Paar konnte sich eine gemeinsame Zukunft gut vorstellen: sie ein fröhlicher Wildfang, er ruhig, die Ruhe selbst.
Ein Jahr später hat das Mädchen einen Wachstumsschub hinter sich. Aus einem jungen Mädchen ist eine junge Frau geworden. Sie interessiert sich nicht mehr für Jungen in ihrem Alter; junge Männer, die drei Jahre älter sind, findet sie nun spannender.
Der junge Mann, in den sie eindeutig verliebt war, ist inzwischen auf die spanische weiterführende Schule gewechselt; seine Eltern wollen ihn so schnell wie möglich an der Universität von La Laguna sehen. Auf den Realschulabschluss zu warten, hätte das Risiko bedeutet, dass er eine Klasse wiederholen müsste.
Er ist aus ihrem Blickfeld verschwunden.
Mit achtzehn setzt sie ihre Ausbildung an der Deutschen Schule in Bilbao fort. Mit neunzehn zieht sie wieder zu ihrer Mutter nach Teneriffa.
Sie beendet ihre Schulausbildung an einer spanischen Schule und beginnt anschließend ein Psychologiestudium an der Universität von La Laguna. Mit einigen Kommilitoninnen und Kommilitonen geht sie in die Studentenbar. Eine Gruppe Studierender trinkt einen Mojito nach dem anderen. Neugierig schaut sie zu den Männern hinüber, die sich einfach nicht über irgendeine mathematische Formel einigen können. Welches Fach studieren diese Nerds wohl, denkt sie.
Dann hört sie wieder dem Gespräch in ihrer eigenen Gruppe über die Ursache einer dissoziativen Störung zu. Plötzlich spürt sie einen warmen Atem in ihrem Nacken und blickt zur Seite: da ist er – kein Junge mehr, sondern ein Mann. Sie errötet.
Sie gehen gemeinsam weg und tauschen sich aus. Sie schließen ihr Studium ab, beschließen, keine Kinder zu wollen und ihr gemeinsames Leben zu genießen. Sie ziehen in eine Maisonettewohnung, die seinem Vater gehört. Beide bekommen eine Arbeit mit viel Freiheit. Oft an den Strand. Viel reisen.
All das hätte sein können, wäre sie nicht entschlossen gewesen, nicht mehr zu ihrer Mutter zurückzukehren.
Sie geht nach Hamburg. Nur noch in den Ferien besucht sie ihre Mutter. Alles andere, was auf Teneriffa war, gehört immer mehr einer grauen Vergangenheit an; es ebbt ab, irgendwo tief im abstrakten Teil ihres Gehirns.
Sie macht Karriere, sie studiert weiter und sie heiratet. Mit fünfzig will sie ihre Freiheit zurück und setzt einen Schlusspunkt unter ihre Ehe.
Sie träumt von Romantik und reist nach Paris. Scharen von Touristen strömen an ihr vorbei. Sie sehen sie nicht. Alle blicken starr auf eine aufgeklappte Stadtkarte oder in einen aufgeschlagenen Reiseführer. Von Romantik ist wenig zu spüren.
Schließlich beschließt sie, das künstlerische Les Deux Magots zu betreten. Es ist voll. Hier scheint jeder jeden zu kennen.
Eine Ausnahme bildet ein langer, schlanker Mann mit Haaren, die ungeordnet um seinen Kopf fallen, bis in den Nacken und über die Augenlider. Vor ihm steht ein Pastis mit einem Glas Wasser auf einem quadratischen Marmortisch. Vorgebeugt schreibt er in ein Notizbuch.
Mit ihrem Glas Weißwein geht sie auf seinen Tisch zu. Er blickt neugierig auf mit seinen braunen Augen, umrahmt von langen schwarzen Wimpern. Auf ihre Frage, ob sie sich zu ihm setzen dürfe, steht er mit einer höflichen Geste auf und zieht einen Stuhl neben sich unter dem Tisch hervor.
Sie setzen sich. Sie betrachten einander aufmerksam. Sie erzählen sich, warum sie in Paris sind und was sie beruflich machen. Auf Englisch.
Wie auf ein geheimes Zeichen hin wechseln sie plötzlich ins Spanische. Sie hören den kanarischen Akzent. Sie erzählen einander, woher sie ihn haben, dass sie die Deutsche Schule besucht haben. Mit Verlegenheit erzählen sie sich, wer sie sind. Und dass sie einmal ineinander verliebt waren.
Es hätte möglich sein können, diese Art von Zufälligkeit. Aber es kam anders.
Sie kehrt nach Teneriffa zurück, weil ihre Mutter mit ihr den Wahrheitsgehalt von Het juk van de schijn (Das Joch des Scheins) besprechen will. Sie ruft alte Klassenkameradinnen an, ihre früheren Freundinnen. Sie haben sie nicht vergessen. Sie freuen sich, ihre Stimme zu hören. Die Herzlichkeit ist unerwartet.
Sie ist es nicht gewohnt, dass Menschen sie um ihrer selbst willen mögen. Wer ist sie? Wer ist sie geworden? Sie weiß es nicht, aber nun verabredet sie sich mit ihren Freundinnen. Sie ist wieder das fünfzehnjährige Mädchen.
Die Freundinnen sitzen bereits unter den Bäumen auf der Terrasse des Strasse Park, einer gemütlichen Bar mitten im García-Sanabria-Park, als sie ankommt.
Es war gar nicht so leicht gewesen, sie zu finden; so lange ist es her, dass sie hier in ihrer Jugend mit Freunden spazieren ging, redete, über Lehrer klagte und lachte. Ein Leben, das längst vergangen schien und nun doch wieder da ist.
Sie setzt sich zu den Frauen mittleren Alters. Einige sind etwas fülliger geworden, doch bei allen strahlt die Lebenslust. Auch wenn ihr Leben sich in anderen Ländern fortgesetzt hat, fühlt sie sich wieder ganz zu Hause.
Sie bestellt ein Glas Weißwein. Plötzlich beginnt eine der Frauen laut zu rufen und gestikulierend auf einen ergrauenden Mann mit einem Kinderwagen zu zeigen, damit er zu den Freundinnen herüberkommt. Die Frauen fragen, wie es ihm geht. Es geht ihm gut; er macht einen kleinen Spaziergang mit seinem Enkel. Voller Stolz zeigt er den kleinen Kerl.
Neugierig blickt er sie an. Sie erkennen einander, sagen aber nichts. Schweigend ist da der Funke der Zuneigung, der niemals zum Entflammen gekommen ist.
Er sagt Lebewohl und schlendert wieder davon, wie eine sanfte Erscheinung aus ihrem Leben.
Doch auch diese Möglichkeit, einander wiederzusehen, hat sich bis heute nicht ergeben. Nein, die Klassenkameraden hatten einander auf vielerlei Weise wiedergefunden. Sie hatten einander über Facebook ausfindig gemacht.
Es tat ihr gut, nicht vergessen zu sein, doch noch irgendwo dazuzugehören. Fast die ganze Klasse war wiedergefunden worden. Zwei waren gestorben. Auch der Junge vorne auf dem Foto.
Erstaunlich, wie begeistert alle waren, einander wiederzufinden.
Der männliche Gegenpart des verliebten Mädchens will nicht mehr dazugehören. Für ihn ist es Vergangenheit. Vielleicht. Sie weiß es nicht.
Wie es ihm geht? Auch das weiß sie nicht. Sie weiß nur, was andere bereit waren, über sich selbst preiszugeben. Viel hat sie erfahren; von einigen.
Nur dort, wo Interessen und Lebenshaltungen als Berührungspunkte aufeinandertreffen, kann Verbindung entstehen.
Die Erinnerung an den Jungen, in den sie als fünfzehnjähriges Mädchen verliebt war, hat sie tief in ihrer Seele verwahrt – wie ein Kleinod, ein warmer Edelstein, der weiterglüht und sie wärmt im kalten Zug des Lebens.